El indicador que relaciona créditos en dólares con el total de depósitos alcanzó su nivel máximo en un lustro, reflejando una apuesta consciente de las autoridades por dolarizar el sistema de financiamiento. La decisión emerge de la incapacidad del crédito en pesos para satisfacer la demanda de recursos financieros.

Frente a este escenario, el Ejecutivo optó por flexibilizar normas para incentivar que el sector financiero expanda operaciones en moneda extranjera. La lógica es pragmática: si el peso no financia, que lo haga el dólar. Este giro representa un cambio de paradigma en la arquitectura del crédito doméstico.

La medida acarrea implicancias positivas innegables. Empresas encuentran vías de acceso a capital. Inversiones que permanecían congeladas pueden avanzar. Las instituciones financieras descubren canales de negocios más amplios. Pero también genera exposiciones que requieren supervisión rigurosa.

El principal riesgo es el desacople entre la moneda de ingresos y la de deudas. Un empresario que vende localmente en pesos endeudándose en dólares enfrenta una brecha de riesgo: si el peso cae, su deuda aumenta en términos reales. Multiplicado por miles de deudores, este fenómeno puede generar una crisis de sobreendeudamiento difícil de gestionar.

La proyección futura del ratio de créditos dolarizados permanece en el terreno de la incertidumbre. ¿Seguirá subiendo la tendencia? Eso dependerá de decisiones regulatorias continuas, de la trayectoria del tipo de cambio, y de cómo resista esta estructura crediticia los desafíos macroeconómicos venideros. Por ahora, el récord está marcado.

Imagen: charlesdeluvio / Unsplash – Con informacion de Ámbito

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