La desigual recuperación económica que caracteriza a la Argentina de estos tiempos trae aparejada una consecuencia inevitable: la expansión de la pobreza. El patrón de crecimiento en forma de K —donde unos sectores avanzan y otros retroceden— genera un escenario donde la zona más vulnerable de la economía actúa como catalizador de mayor precariedad social.

Cuando ciertos espacios productivos permanecen estancados o contraídos, las implicancias se extienden a toda la población que en ellos se desempeña. La generación de empleos insuficiente, los ingresos bajos y la falta de dinamismo económico en estos sectores traducen directamente en familias que pierden capacidad adquisitiva y caen en situaciones de vulnerabilidad.

El mecanismo es simple pero devastador: la debilidad económica en zonas específicas se convierte en debilidad de ingresos para trabajadores, comerciantes y emprendedores que dependen de ellas. Sin ingresos suficientes, resulta imposible acceder a bienes y servicios básicos. Así, la frontera de la pobreza se desplaza, abarcando a más personas que antes conseguían mantenerse fuera.

Lo que distingue la actual situación es que no se trata de una crisis total que afecte a toda la economía por igual. Hay sectores que logran mantenerse o crecer, pero su dinamismo no alcanza a compensar las limitaciones de los espacios rezagados. Esta asimetría es problemática porque crea realidades económicas muy distintas, profundizando desigualdades.

La expansión de la pobreza es, en este contexto, un síntoma de una enfermedad más profunda: la incapacidad de la economía para crecer de manera inclusiva. Mientras los sectores débiles permanezcan en tales condiciones, sin perspectivas de mejora, seguirá ampliándose el número de argentinos viviendo en situaciones de pobreza.

Expertos advierten que revertir esta tendencia demanda intervenciones específicas en los sectores que actúan como lastres en la economía general.

Imagen: RDNE Stock project / Pexels – Con informacion de El Cronista

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